Si bien existen muchos gestos y actividades que pueden permitirnos brindar actos de generosidad en momentos particulares, es muy importante que asumamos la generosidad como un rasgo del carácter que pueda ir empapando todas nuestras actitudes, metas y relaciones interpersonales.
Sé que no es fácil en medio de una sociedad tan materialista, pero deténgase un poco en este artículo y reflexionemos juntos si vale la pena despegarnos de algo, de demostrar el amor no sólo por el material, sino por una pizca de tiempo y de compasión.
En la antigüedad, entre los atributos que se consideraban honorables era muy importante la hospitalidad. Hospitalidad quiere decir abrir las puertas a quien llega hasta nosotros para brindarle, gratuitamente, lo que necesita.
La hospitalidad debe ser uno de los atributos que nos caracterice como seres humanos y que nos obligue a tener empatía.
Puede ser muy fácil, como por ejemplo, el ofrecer un vaso con agua a quien tiene sed, el invitar a pasar a un visitante –aún cuando la visita no sea para nosotros, sino para algún otro familiar-, así como preguntar a alguien en la calle que está en problemas, si se le puede ayudar en algo.
Todos estos detalles son pequeños gestos que muestran nuestra capacidad para ponernos en los zapatos de los otros, es tan sólo detalles de comenzar el nuevo carácter de la generosidad.
Podemos también dar un poco de nuestros bienes materiales, donando algunas de nuestras pertenencias, como ropa, juguetes o artefactos. Podemos hacer una disciplina de comprar un poco de comida para donarla a una familia, amigo, pariente, conocido o desconocido. Esos bienes materiales, que para nosotros pueden ser insignificantes, hacen una diferencia vital para muchas personas de escasos recursos.
Además de lo material, existen grandes riquezas, de las cuales podemos sacar oportunidades para ser generosos. El donar nuestro tiempo, el ser generosos con una sonrisa, el regalar períodos de escucha a alguien que lo necesita, o acompañar a un ser querido a una actividad que no nos resulta tan atractiva, así como tomar fuerzas, cuando estamos cansados, para compartir en familia. Todas esas son maneras de ser generosos: de poner nuestros gustos y preferencias en un segundo plano, porque hay algo más importante que se le puede dar a los demás: un poco de uno mismo.
Tal vez usted pueda preguntarse: ¿para qué tanto esfuerzo? ¿Qué gano yo con ser más generoso, más desprendido? ¿Para qué vale la pena el trabajo extra en ser íntegro y en ayudar a los demás? ¿Quién me ayuda a mí?
La respuesta es que en esta vida es posible que no encontremos reconocimiento o retribución por ayudar a los demás, aunque en ocasiones, sucede que una persona generosa sí recibe honor y agradecimiento.
Sin embargo, la generosidad deja una gran recompensa de integridad, de sabiduría y de amor en nuestros corazones; tesoros que nadie puede robar y que nos acercan cada vez más al gozo y a la paz del alma que nos enseña Dios mismo.
A lo largo de la historia, el ser humano ha probado su inclinación al egoísmo y a la muerte, sin embargo, también ha probado -con importantes y heroicos gestos de bondad y valentía- su inclinación a brindar una mano a quien lo necesita.
El desprendimiento, la pasión por una causa, el valor y el amor, han dado frutos de generosidad y esperanza a lo largo del peregrinaje humano. Hoy usted puede marcar la diferencia. El primer paso es el más difícil. Atrévase a hacerlo.